Autora: Gilza Córdoba

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En el patio de la casa de mis abuelos hay árboles grandes que dan sombra, arbustos y caracoles de azúcar. Allí me gusta caminar descalza sobre la tierra fría porque por un instante siento que es mía y yo de ella.

Justo al centro hay un sendero marcado por las pezuñas de los centauros. Yo camino a lo largo de él como si fuera la primera vez siempre, aunque lo conozco de memoria. A la izquierda hay mangos de tamaños diversos y a la derecha cocos. A simple vista parece que los mangos grandes son imposibles de morder, pero yo los chupo hasta que su piel suave se deshace en el fluido que llena mi boca mientras las hojas de sus ramas oscilan como las manecillas de un reloj atascado.


Termino con el pecho desnudo manchado y los labios llenos de nata. La alegría baja por las ramas de los árboles goteando cúbicas lágrimas de esperma.


Justo donde está un árbol de tamarindo hay una banqueta en la que hay un letrero que dice “No peques”. Yo me río cada vez que lo miro porque allí nadie puede verme y porque los zapallos no tienen ojos. Siempre hay una ley sobre otra y la ley mayor en la casa de mis abuelos ordena a los que merodean o espían, que si ven algo que les acelera el pulso o se topan con centauros en cópula, finjan que están dormidos o que conversan con los muertos, aunque estén solos.


Además, estoy segura de que esa banqueta mi abuelo ordenó ponerla allí por las doncellas, para que luego de haber comido fruta se tiendan de espaldas con los pezones como las setas y las piernas abiertas a buscar entre ellas la semilla dulce y sagrada hasta que sus cuerpos cubiertos de néctar se desvanezcan vibrando en sueños hondos.

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